
Semidesnuda, Faustine es ilimitadamente hermosa. Tenía esa alegría de embelesados, un poco tonta, de la gente cuando se baña en público. Fue la primera en zambullir. Los oí reírse y agitar el agua.
Dora y la mujer vieja salieron primero. La vieja, con mucho movimiento de brazo, contó:
– Uno, dos, tres.
Los otros, seguramente, corrían una carrera. Los hombres salieron exhaustos. Faustine estuvo un rato más en el agua.
Entretanto, los marineros habían desembarcado. Recorrían la isla. Me guarecí entre unas matas de palmeras.
* * *
Contaré fielmente los hechos que he presenciado entre ayer a la tarde y la mañana de hoy, hechos inverosímiles, que no sin trabajo habrá producido la realidad… Ahora parece que la verdadera situación no es la descripta en las páginas anteriores; que la situación que vivo no es la que yo creo vivir.
Cuando los bañistas fueron a vestirse, decidí vigilar día y noche. Sin embargo, pronto consideré injustificada esa medida.
Me iba, y apareció el muchacho de las cejas cargadas y del pelo negro. Un minuto después sorprendí a Morel, espiando, escondiéndose en una ventana. Morel bajó la escalinata. Yo no estaba lejos. Pude oírlo.
– No quise hablar porque había gente. Voy a someterle algo, a usted y a unos pocos. -
– Someta.
– No aquí -dijo Morel, escrutando con desconfianza los árboles. Esta noche. Cuando todos se vayan, quédese.
– ¿Muerto de sueño?
– Mejor. Cuanto más tarde mejor. Pero, sobre todo, sea discreto. No quiero que las mujeres se enteren. La histeria me da histeria. Adiós.
Se alejó corriendo. Antes de entrar en la casa miró hacia atrás. El muchacho empezaba a subir. Lo detuvieron unos ademanes de Morel. Dio un paseo corto, con las manos en los bolsillos, silbando rudimentariamente.
Traté de pensar en lo que había visto, pero no tenía ganas. Estaba inquieto.
Transcurrió un cuarto de hora, más o menos.
