
¿Habían estado hablando de Haynes? No pensé que pudieran relacionarse las palabras de Dora y la conversación de Morel con los hombres. Hablaban de buscar a alguien y yo estaba asustado, dispuesto a descubrir en todo alusiones o amenazas. Ahora se me ocurre que tal vez nunca haya ocupado la atención de esta gente… Es más: ahora sé que no pueden buscarme.
¿Estoy seguro? Un hombre de buen sentido ¿creería lo que oí ayer noche, lo que imagino saber? ¿Me aconsejaría olvidar la pesadilla de ver en todo una máquina organizada para capturarme?
Y si fuera una máquina para capturarme, ¿por qué tan compleja? ¿Por qué no detener-me, directamente? ¿No sería una locura esta laboriosa representación?
Nuestros hábitos suponen una manera de suceder las cosas, una vaga coherencia del mundo. Ahora la realidad se me propone cambiada, irreal. Cuando un hombre despierta o muere, tarda en deshacerse de los terrores del sueño, de las preocupaciones y de la manías de la vida. Ahora me costará perder la costumbre de temer a esta gente. Morel tenía unas hojas de papel de seda amarillo, escritas a máquina. Las sacó de un bol de madera que estaba sobre la mesa. En el bol había muchísimas cartas prendidas con alfileres a recortes de avisos de Yachting y Motor Boating. Pedían precios de barcos viejos, condiciones de venta, informes para ir a revisarlos. Vi unas pocas.
– Quede Haynes dormido -dijo Morel-. Pesa mucho, y si van a buscarlo nunca llegará el momento de empezar.
* * *
Morel extendió los brazos y dijo con voz entrecortada:
– Debo hacerles una declaración.
Sonrió nerviosamente:
– No es grave. Para no cometer inexactitudes, he decidido leer. Por favor, escuchen:
(Empezó a leer las páginas amarillas que inserto en la carpeta. Hoy a la mañana, cuando me escapé del museo, estaban sobre la mesa; las tomé de ahí.)
"Tendrán que disculparme esta escena, primero fastidiosa, después terrible. La olvidaremos. Esto, asociado a la buena semana que hemos vivido, atenuará su importancia.
