Tardísimo, fueron entrando casi todos. Hubo algún estrépito, alguna curiosidad, alguna meritoria sonrisa; predominaba la paz deshecha del cansancio.

– Nadie puede faltar -dijo Morel-. Hasta que lleguen todos, no empezaré.

– Falta Jane.

– Falta Jane Gray.

– No es para menos.

– Hay que ir a buscarla.

– ¿Quién la saca ahora de la cama?

– No puede faltar.

– Está durmiendo.

– Yo no empiezo hasta verla aquí.

– Voy a buscarla -dijo Dora.

– Te acompaño -dijo el muchacho de las cejas.

He querido transcribir esta conversación fielmente. Si ahora no es natural, tiene culpa el arte o la memoria. Fue natural. Viendo esa gente, oyendo esa conversación, nadie podía esperar un suceso mágico ni la negación de la realidad, que vino después (aunque todo ocurriera sobre un acuario iluminado, sobre peces coludos y líquenes, entre un bosque de columnas negras).

Morel habló con unas personas que no pude ver:

– Hay que buscarlo por toda la casa. Yo lo vi entrar en este cuarto, hace mucho.

¿De quién hablaba? Entonces creí que mi interés por la conducta de los intrusos quedaría satisfecho, definitivamente.

– Hemos recorrido toda la casa -dijo una voz rudimentaria.

– No importa. Tráiganlo -contestó Morel.

Me pareció que ya estaba acorralado. Quería salir. Me contuve. Había recordado que los cuartos de espejos eran infiernos de famosas torturas. Empezaba a sentir calor.

Después volvieron Dora y el muchacho, con una mujer vieja, alcoholizada (yo había visto a esta mujer en la pileta). Venían, también, dos individuos, aparentemente sirvientes, que se ofrecían para ayudar; se acercaron a Morel; uno de ellos dijo:

– Imposible hacer nada.

(Reconocí la voz rudimentaria de hacía un rato.)

Dora gritó a Morel:

– Haynes está durmiendo en el cuarto de Faustine. Nadie será capaz de sacarlo.



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