
A su vez, Wetherby -con sus cansados y olvidables rasgos inexpresivos- vigilaba a Mackay. El circuito se mantuvo durante unos largos y tensos momentos, hasta que Fane hizo una pregunta genérica acerca de los agentes del MI5 infiltrados en las comunidades islámicas militantes del Reino Unido.
– ¿Cómo de cerca de la cúpula está su gente? -se interesó-. ¿Se encuentran entre los que deben-ser-obligatoriamente-informados si el SIT preparase un gran atentado en este país?
Wetherby dejó que Liz tomase la palabra.
– En la mayoría de los casos, es probable que no -reconoció, sabiendo por experiencia que el optimismo no servía de nada con Fane-. Pero tenemos gente en la órbita adecuada. Con tiempo se moverán más cerca del núcleo de las células.
– ¿Con tiempo?
– No estamos en posición de acelerar el proceso.
Había decidido no mencionar a Marzipan. El agente podía ser una buena baza a jugar, pero todavía tenía que demostrarlo, que probar su utilidad o, ya puestos, su valía. Mientras se mantuviera en aquel primer estadio de su carrera como agente, no estaba preparada para revelar su identidad… y menos ante un círculo tan amplio como éste.
Wetherby, inescrutable, se daba golpecitos en los labios con un lápiz; pero, por su postura, Liz supo que aprobaba su decisión. No iba a permitir que Fane la pillara en una declaración que más tarde podría volverse contra ella.
Y Mackay, advirtió con cierta sensación de agobio, seguía contemplándola. ¿Intentaba transmitir inconscientemente alguna señal con una especie de sonar como el de los murciélagos, pero de cariz sexual? ¿O acaso Mackay era uno de esos hombres que se sentía obligado a establecer cierta complicidad con toda mujer que se cruzase en su camino, para después poder decirse a sí mismo que, de haberlo querido, habría sido suya? Fuera lo que fuese, se sentía más irritada que halagada.
Por encima de sus cabezas, uno de los fluorescentes empezó a parpadear. Pareció una señal de que la reunión había terminado.
