El hombre del Ministerio del Interior frunció el ceño:

– ¿Cuál suponen que puede ser su objetivo y en qué fecha piensan atentar contra él? Probablemente tendremos que elevar el nivel de alerta de seguridad a rojo en los edificios gubernamentales, pero eso provocará problemas administrativos y no quiero precipitarme.

Mackay echó un vistazo a sus notas.

– Pakistán asegura estar revisando todas las listas de los pasajeros que salen del país, con especial énfasis en… veamos, turistas de menos de treinta y cinco años que no hayan viajado por negocios y cuya estancia no se haya prolongado más de treinta días. Poca cosa, como ven, así que no están mucho por la labor. Ni idea de cuál puede ser el objetivo, pero mantendremos los ojos bien abiertos. -Levantó la vista hacia Wetherby para después desviarla hacia Liz-. Y necesitaremos estar en permanente contacto con los informantes que hayamos logrado infiltrar entre sus filas en ese país.

– Eso ya lo estamos haciendo -aseguró Wetherby-. Si oyen algo, lo que sea, nos informarán, pero de momento… -miró interrogativamente al representante de la Sede de Comunicaciones Gubernamentales, que mantenía sus labios sellados- hemos tenido cierto ruido de fondo, quizás un poco más alto de lo normal pero nada concreto, nada que se acerque siquiera a algo que pudiera asociarse con una operación de envergadura.

Liz echó un disimulado vistazo a la sala. Los agentes del Cuerpo Especial se mantenían en silencio, como de costumbre. Su actitud habitual solía ser la de hombres muy ocupados que malgastan su valioso tiempo en una tertulia de Whitehall; ahora, en cambio, ambos estaban erguidos y atentos.

Sus ojos se encontraron con los de Mackay, que no sonrió ni apartó la mirada, sino que la mantuvo firme. Liz siguió escaneando visualmente la sala, pero sabía que el agente del MI6 mantenía los ojos fijos en ella, sentía la lenta y fría quemadura de su mirada.



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