– Levante un poco la barbilla, señor, por favor.

Perry obedeció, y Park le dio unas palmaditas en las mejillas con una loción de aroma acre.

– ¿Algo más, señor?

– Creo que no, señor Park. Muchas gracias. -Perry se incorporó en medio de un agradable miasma de talco y esencia de limas sicilianas. Ni siquiera la tenebrosa perspectiva de Ralph y Diane Munday bebiéndose su ginebra podía estropear aquel momento.

Se levantó y aceptó la ayuda para colocarse el abrigo de cuello de terciopelo que siempre utilizaba en sus viajes a la ciudad. Ascendió las escaleras hasta el nivel de la calle, comprobando que el viento todavía soplaba fuerte, pero que la lluvia había cesado. Era todo cuanto podía pedirle razonablemente a una mañana de diciembre.

Con su paraguas en la mano, Perry caminó tranquilamente en dirección oeste hacia St. James, pasando ante las tiendas de zapatos hechos a medida, de calcetines, sombreros, perfumes, complementos de baño, del emporio de los gemelos y los tradicionales camiseros, con sus escaparates llenos de prendas a rayas. Todos esos establecimientos levantaban el ánimo de Perry Lakeby, le confirmaban que todavía existía un mundo donde el viejo orden contaba para algo y aún tenía deferencia hacia personas como él. Si bien algunos de esos establecimientos habían cerrado -sustituidos por otros de saldos de teléfonos móviles o de ropa unisex y hortera para hombres-, él cerraba los ojos ante ello. No iba a dejar que una nimiedad como ésa le estropeara el día.

Al pasar frente a New and Lingwood pensó en regalarse una corbata. Sentía una particular inclinación por New and Lingwood; en Eton había una tienda de la cadena cuando él estudiaba, y seguramente seguiría allí.



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