
No obstante, los puros eran tema aparte. Kipling escribió cierta vez que una mujer sólo es una mujer, pero un buen puro es humo; y fue precisamente con este dictum en la cabeza con el que Perry cruzó la calle hasta Davidoff, en la esquina de St. James. El propietario de la tienda le dio la bienvenida cortésmente y lo acompañó hasta la sala humidificada. Aquél era uno de los lugares favoritos de Perry, y durante unos instantes se limitó a aspirar el aroma a habanos que flotaba en el ambiente. La elección era delicada, como siempre, y Perry dudó indeciso entre los Partagás, los Cohiba y los Bolívar. Al final tuvo que intervenir el propietario, dirigiendo su atención hacia un fino humidificador de madera que contenía un par de docenas de El Rey del Mundo en varios tamaños. Perry se quedó con tres, un Gran Corona y un par de Lonsdale, y a cambio entregó un par de billetes.
Cruzó St. James evitando los taxis, que aquellos días parecían no dar cuartel a los peatones, e hizo una discreta entrada en el club Brooks. Era el cumpleaños de su ahijada, y aquel mediodía había quedado para comer con ella.
Miranda Munday era la hija más joven de los vecinos de Perry en Norfolk, y no estaba muy seguro de cómo había adquirido la responsabilidad de velar por su bienestar espiritual.
