
– ¿Otra? -preguntó Perry con voz menos segura que en la primera ocasión.
– ¿Por qué no? -aceptó Farmilow.
Esta vez, las cosas le fueron un poco mejor a Perry. Una serie inicial de movimientos razonables lo animaron a doblar, pero su oponente no tardó en descargarlo de sus últimas fichas.
– ¿Seguimos mañana? -sugirió Farmilow.
– Creo que podré -susurró Perry. Se acercó hasta una mesa en un extremo de la sala, firmó un pagaré por cien libras para Farmilow y lo metió por la ranura de la caja de madera. Bien podría haberle comprado a Anne su maldito pañuelo. Aun así, las deudas no debían saldarse hasta fin de año. El día no se había estropeado del todo.
Miranda Munday, con su anodina figura embutida en un traje beige, le esperaba en recepción. Mientras ascendían la escalera, Perry pensó que al menos su ahijada solía evaporarse después de la comida, y con la ayuda de un taxi podría llegar cómodamente a su cita de las 14.30 en Shepherd Market. Esa simple idea hizo que su mano se aferrase a la barandilla, el pelo de su nuca se erizase y el corazón le retumbara como un tambor de regimiento. «Todo hombre necesita una vida secreta», se dijo.
4
Al otro lado del río, a dos kilómetros de distancia, un Eurostar procedente de París hacía su entrada en la estación de Waterloo. Una joven descendió del tren, pasando del cálido sopor de un vagón de segunda clase al frío tonificante del andén, y se sumergió entre la presurosa multitud hacia el edificio de la terminal. Los altavoces levantaron ecos a lo largo del camino, haciéndose oír por encima del estruendo de los carritos portaequipajes y el traqueteo de las maletas con ruedas, ruidos tan familiares que ella apenas los percibió. En los últimos dos años había hecho el viaje hasta y desde la Gare du Nord una docena de veces por lo menos.
