
Entró en el club, saludó a Jenkins, el portero -que se encargó de su abrigo-, y dejó el paraguas en el espacioso paragüero de caoba. Las once y media. Tendría que esperar media hora.
En vez de dirigirse hacia las escaleras, giró impulsivamente a la derecha, hacia la sala de backgammon, donde un par de miembros estaban terminando una partida.
– Buenos días, Roddy, Simon -saludó.
Roderick Fox-Harper, miembro del Parlamento, y Simon Farmilow lo miraron un instante sin dar muestras de reconocerlo.
– Lakeby, ¿no? -preguntó el segundo.
– Peregrine Lakeby. ¿Tienen tiempo para una partida?
Farmilow alzó las cejas, sorprendido. Era un jugador profesional de torneos muy conocido, pero si aquel pichón se ofrecía él solito en el altar para el sacrificio…
– ¿Diez libras el punto? -sugirió Perry, impulsado por el silencio del otro ante la imprudente bravata.
La partida no duró mucho. Farmilow sacó un seis doble, lo cual doblaba automáticamente la apuesta. Un par de minutos después, con su posición consolidada, cambió el doble dado de dos a cuatro. En vez de rendirse y pagar las cuarenta libras, Perry aceptó la subida con una ligera sonrisa que mantuvo en sus labios cuando, con impecable amabilidad, Farmilow creó un redoble y atrapó a Perry con un gammon que, como ambos sabían, doblaba las apuestas existentes.
