Basándose en sus anteriores experiencias, tenía una buena idea de lo que ocurriría durante el siguiente par de horas. La chica de veinticuatro años se mostraría resueltamente poco impresionada por el escenario -techos abovedados, molduras doradas, pesadas cortinas color Burdeos y sillones tapizados en cuero verde- y comentaría despectivamente la escasez de socios femeninos, frunciría el ceño ante el menú, pediría una ensalada en lugar de un plato principal, rechazaría el clarete del club en beneficio de un agua mineral, insistiría en tomar una infusión de menta y no un pudín, y obsequiaría a Perry con aburridos detalles sobre su trabajo en publicidad. Se preguntó por qué los jóvenes eran tan mortalmente serios. ¿Qué diablos pasaba con la diversión?

Entró en el club, saludó a Jenkins, el portero -que se encargó de su abrigo-, y dejó el paraguas en el espacioso paragüero de caoba. Las once y media. Tendría que esperar media hora.

En vez de dirigirse hacia las escaleras, giró impulsivamente a la derecha, hacia la sala de backgammon, donde un par de miembros estaban terminando una partida.

– Buenos días, Roddy, Simon -saludó.

Roderick Fox-Harper, miembro del Parlamento, y Simon Farmilow lo miraron un instante sin dar muestras de reconocerlo.

– Lakeby, ¿no? -preguntó el segundo.

– Peregrine Lakeby. ¿Tienen tiempo para una partida?

Farmilow alzó las cejas, sorprendido. Era un jugador profesional de torneos muy conocido, pero si aquel pichón se ofrecía él solito en el altar para el sacrificio…

– ¿Diez libras el punto? -sugirió Perry, impulsado por el silencio del otro ante la imprudente bravata.

La partida no duró mucho. Farmilow sacó un seis doble, lo cual doblaba automáticamente la apuesta. Un par de minutos después, con su posición consolidada, cambió el doble dado de dos a cuatro. En vez de rendirse y pagar las cuarenta libras, Perry aceptó la subida con una ligera sonrisa que mantuvo en sus labios cuando, con impecable amabilidad, Farmilow creó un redoble y atrapó a Perry con un gammon que, como ambos sabían, doblaba las apuestas existentes.



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