Colocando su equipaje en el asiento del pasajero, la mujer incorporó el Vauxhall Astra negro a la corriente de tráfico que cruzaba el puente de Waterloo. Se metió en el paso subterráneo y sintió que se le aceleraba el corazón. «Respira a fondo -se dijo-. Tranquilízate.»

Cinco minutos después, frenó en un aparcamiento. Sacó el pasaporte, el carnet de conducir y los documentos del coche alquilado del bolsillo de su abrigo, y los metió en la bolsa de viaje junto a su otro pasaporte, el que había mostrado en Inmigración. Cuando terminó, se sentó y esperó que sus manos dejaran de temblar a causa de la tensión.

Se dio cuenta de que era la hora de comer, tenía que comer algo. Del bolsillo lateral de la mochila sacó media baguette rellena de queso gruyer, una barrita de chocolate con nueces y un botellín de agua mineral. Se obligó a masticar lentamente.

Después, sin dejar de consultar el retrovisor, volvió a internarse lentamente en el tráfico.

5

Leyendo el expediente de Marzipan en su mesa del 5/AX, Liz Carlyle sintió la enfermiza inquietud que ya le era habitual. Como supervisora de agentes, la ansiedad era una constante compañera, una sombra siempre presente. La verdad era espantosamente simple: para que un agente fuera efectivo, él o ella tenía que correr peligro.

Se preguntó si Marzipan, a sus veinte años, era realmente consciente de los riesgos que corría. ¿Habría pensado en que, si todo fallaba, su expectativa de vida apenas sería de unas horas?

Marzipan se llamaba realmente Sohail Din, y era un joven de origen paquistaní excepcionalmente inteligente, cuyo padre era propietario de varios quioscos en Tottenham. Había sido aceptado como estudiante de Derecho en la Universidad de Durham. Musulmán devoto, decidió pasar su año sabático trabajando en una pequeña librería islámica de Haringey; el trabajo no estaba bien pagado, pero quedaba cerca del hogar familiar y Sohail esperaba tener oportunidad de discutir sobre religión con otros jóvenes como él.



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