
No obstante, pronto quedó claro que el tono de las discusiones era mucho menos moderado de lo que había pensado. La versión del islam que interpretaban aquellos que acudían a la librería quedaba muy lejos del credo compasivo que Sohail absorbiera en su casa y en su mezquita local. Allí solían airearse visiones mucho más extremistas, y los jóvenes discutían abiertamente sus intenciones de entrenarse como muyahidines y tomar la espada de la Yihad contra Occidente, lanzando gritos de júbilo cada vez que la prensa informaba que los terroristas habían alcanzado un objetivo norteamericano o israelí.
Sohail procuró no hacerse notar, poco dispuesto a hacer pública su disensión, pero teniendo claro que una visión del mundo que celebraba la matanza de civiles era aborrecible ante Dios. A diferencia de sus compañeros, no veía razón para odiar el país en que había nacido o para despreciar la legislación que un día esperaba servir. La ruptura total ocurrió una tarde de verano, cuando tres hombres llegados en un viejo Mercedes, y que sólo hablaban árabe, entraron en la tienda. Uno de los colegas de Sohail le dio un codazo, señalando al más anciano, una figura indescriptible de escaso cabello y barba desaliñada. Cuando los tres hombres fueron conducidos hasta una de las habitaciones que había sobre la tienda, Sohail descubrió que se trataba de Rahman al Masri, un combatiente importante. Quizá su llegada significaba que los británicos, por fin, sentirían en sus propias carnes el terror infligido por su satánico aliado, Estados Unidos.
En ese momento, Sohail decidió actuar. Una vez cumplido su horario habitual, no tomó el autobús que lo llevaba a casa, sino que tras consultar una guía tomó un tren hasta Cambridge Heath. Al salir de la estación, y tras comprobar que no lo seguía nadie, se calzó la capucha del abrigo y se dirigió a través de la llovizna hasta la comisaría de Bethnal Green.
