Después se entrevistaron tres veces más, siempre en el instituto. Sohail los mantenía al día sobre las idas y venidas en la librería. Abría un archivo codificado de su ordenador portátil y le leía sus informes a Liz, mientras un agente del Cuerpo Especial vigilaba discretamente en el pasillo. Ninguna de las informaciones posteriores resultó tan importante como la aparición de Masri, pero quedaba claro que la librería era terreno abonado para, según el argot del Cuerpo Especial, «los hombres de Bin». Si el SIT estaba preparando una operación importante en el Reino Unido, las posibilidades de que Sohail -Marzipan- se enterase eran enormes. Para el servicio de inteligencia era oro puro en potencia.

El último encuentro resultó difícil, al menos para Liz. Tuvo que preguntarle a Sohail si tomaría en consideración seguir con su trabajo en la librería un año más, lo que significaba posponer su entrada en la universidad, y por primera vez vio que el joven se acobardaba. Ella sabía que contaba con liberarse de la intensa presión que le imponía su doble vida el otoño siguiente. Probablemente, lo único que había hecho soportable todo el asunto fue que tenía fecha de caducidad. Y ahora le pedía que se quedase un año más, un año en que -por lo que ella sabía- podía pasar cualquier cosa. Incluso era factible que lo presionaran para recibir entrenamiento especial y actuar de incógnito. Varios de los jóvenes que bebían té a la menta y hablaban de la Yihad en las habitaciones sobre la librería ya habían viajado a Pakistán y visitado sus campos de entrenamiento. Como mínimo, el retraso amenazaría seriamente su sueño de convertirse en abogado.



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