
Su angustia fue casi invisible, apenas un fugaz estremecimiento tras sus ojos; después, con una tranquila sonrisa, como si quisiera asegurarle a Liz que todo iría bien, aceptó continuar con su misión.
El valor del chico estremeció el corazón de Liz, y ahora rezaba para que nunca tuviera que encontrarse con Sarfraz y Rukhsana Din, y decirles que su hijo había muerto sirviendo a su fe y su país.
– ¿Ocurre algo? -preguntó Dave Armstrong desde la mesa más cercana.
– Ya sabes cómo es esto -respondió Liz, cerrando el expediente de Marzipan-. A veces este trabajo es una auténtica mierda.
– Lo sé. Y supongo que el gulasch que te vi devorando en la cantina no ha contribuido a mejorar tu humor.
Liz sonrió abiertamente.
– Lo elegí en un arrebato de locura. ¿Qué pediste tú?
– Una especie de pollo, glaseado con anticongelante.
– ¿Y?
– El anticongelante ha hecho exactamente lo que promete en la lata. -Se masajeó el estómago con las manos-. ¿Cómo fue la reunión de esta mañana? Según dicen, el equipo de Legolandia volvió a llegar tarde.
– Creo que querían demostrar algo -apuntó Liz-. Trajeron a uno nuevo, un ex de Harrow encantado de conocerse.
– ¿No me digas que los del MI6 han empezado a reclutar arrogantes chicos de la escuela pública? -murmuró Dave-. No puedo creerlo.
– Se me quedó mirando fijamente -añadió Liz.
– ¿Abiertamente o con disimulo?
– Abiertamente.
– Tendrás que matarlo. Dale una patada en el tobillo con el cuchillo de tu zapato, al estilo Rosa Klebb.
– Vale… No, espera un segundo. -Se inclinó hacia su pantalla, en la que había aparecido un icono. Hizo clic encima su ratón.
– ¿Problemas?
– Un mensaje de nuestro enlace alemán. A uno de los chicos que falsifican documentos en Bremerhaven le pidieron un carnet de conducir inglés a nombre de Faraj Mansoor. Pagaron cuatrocientos marcos por él. ¿Te suena de algo ese nombre?
