
– Cuéntamelo de una vez -cortó ella, sintiendo que la irritación empezaba a dominarla.
– Vale, vale, te lo contaré. Hemos desarrollado unas lentes de contacto que permiten ver a través del papel de los documentos, y ahora mismo llevo puesto un juego.
Ella entrecerró los ojos. A pesar de su determinación de mantener la objetividad y aceptar la invitación a comer como una muestra de reconocimiento, empezaba a sentirse bastante irritada.
– ¿Y sabes lo mejor? -prosiguió Mackay, bajando la voz hasta convertirla en un susurro-. También funcionan con la ropa.
Antes de que Liz pudiera responder, una sombra cayó sobre la mesa y ella levantó la mirada para encontrarse con Geoffrey Fane de pie a su lado.
– Elizabeth. Es un placer verla a este lado del río. Espero que Bruno la esté tratando como se merece.
– Por supuesto -respondió ella. Los evidentes esfuerzos de Fane por parecer amistoso tenían un tinte bastante siniestro.
– Por favor, salude de mi parte a Charles Wetherby. -E hizo una pequeña inclinación de la cabeza-. Como sabe, o debería saber, tenemos a su departamento en la más alta estima.
– De su parte. Gracias.
En ese momento llegó la comida. Mientras Fane se disponía a marcharse, Liz desvió los ojos hacia Mackay a tiempo de captar una fugaz mirada de complicidad -o la sombra de una mirada- entre los dos hombres. ¿A qué venía todo aquello? Seguro que no era porque estuviera comiendo con una hembra de su especie. ¿Sería parte de un juego privado? Fane no había parecido muy sorprendido al verla.
– Dime, ¿cómo sienta eso de volver a casa? -preguntó por fin.
– Muy bien -respondió Mackay, mesándose sus cabellos aclarados por el sol-. Islamabad es fascinante pero muy dura. Oficialmente no formaba parte del cuerpo diplomático, y aunque eso significa que podía trabajar con mucha más libertad como supervisor de agentes, también resultaba mucho más estresante.
– ¿Vivías fuera de la base?
