
De repente, cuando se empezaban a distinguir con claridad las atestadas cubiertas del barco y hasta surgían algunos pañuelos, Marta se dio cuenta de que había mucha gente junto a ella, detrás de ella, a su lado, aglomerándose para saludar aquella llegada. En aquellos tiempos el correo de la Península venía siempre lleno de soldados con permiso desde el frente.
José Camino, un hombre alto, flaco y rubio, cogió del brazo a su hermana y la apartó de aquel borde del agua.
– ¿Estás loca? Pino se está poniendo nerviosa; dice que te vas a caer.
La hizo retroceder unos pasos, y ahora quedó la muchacha entre su hermano y su cuñada. Entre los dos parecía insignificante e infantil.
En realidad, Marta tenía la misma estatura que Pino, que era una mujer bien plantada, joven, morena, de caderas amplias y cintura muy breve, vestida con lujo rebuscado algo impropio de aquella ocasión y aquella hora. Pino llevaba unos tacones altísimos y Marta sandalias bajas; esto la hacía parecer más pequeña junto a la otra mujer.
José resultaba un hombre serio, importante. Era más rubio y más blanco que su hermana; su piel parecía la de un nórdico, porque no se tostaba. Se enrojecía a cada instante, por la influencia del aire o del sol, o simplemente de sus emociones. En nada más que en el cabello claro se parecían Marta y él, afortunadamente para la muchacha. José tenía algo extraño y como muerto en las facciones. Su nariz era enorme, caída. Sus ojos, saltones y de un desagradable color azul desteñido. Siempre vestía de negro y siempre sus trajes eran impecables.
El buque se acercó tanto que Marta se notó envuelta en un doble griterío. La gente del muelle se volvía frenética al distinguir los rostros de los pasajeros, y éstos desbordaban su entusiasmo.
