Marta sólo veía allí, en las cubiertas, soldados, hombres de la guerra con sus mantas. Había muchos barbudos. Casi sentía su olor… Miraba ansiosamente entre ellos y sobre ellos, y, al fin, en la cubierta más alta, vio unas figuras civiles. Había señoras, y pensó que entre aquéllos debían estar sus parientes. Consultó con la cara de José, quien en aquel momento sacaba su pañuelo del bolsillo y empezaba a agitarlo: en efecto, hacia allí miraba. Después de haberlos esperado tanto, de haber soñado durante dos meses con su llegada, Marta se sintió repentinamente tímida.

Los que llegaban se habían sentido deprimidos poco antes, cuando el barco pasó delante de unos acantilados secos, heridos por el sol.

En aquella cubierta alta, apoyados en la barandilla, estaban dos mujeres y dos hombres que por primera vez llegaban a la isla. Tres de ellos, las dos mujeres y un caballero maduro de cabello rojizo, pertenecían a la familia Camino; el cuarto era un hombre joven, un amigo a quien la guerra civil había desarraigado de su familia y que tuvo la ocurrencia de marchar a las Canarias cuando supo que los otros tres se venían a las islas. El aspecto de este hombre no era muy elegante ni cuidado; sin embargo, en aquella época difícil, tenía la extraña suerte de poseer suficiente dinero para permitirse vivir donde quisiera, aunque sin grandes lujos. Su ocupación también lo permitía: era pintor, pero, en verdad, hacía mucho tiempo que no vendía un solo cuadro.

Apoyado en la barandilla, junto a la exuberante y madura señorita que era Honesta Camino, Pablo, el pintor, resultaba muy joven. Aún lo era más de lo que parecía, porque su cara morena, de rasgos sensuales y simpáticos, estaba marcada por azares de una vida en la que no siempre había salido bien parado. En realidad, Pablo estaba aún en la edad militar, pero padecía desde la infancia una cojera que le libraba de las obligaciones de la guerra.



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