
Los otros tres, Honesta, Daniel Camino y la mujer de éste, Matilde, venían en calidad de refugiados a la isla. Buscaban en aquellos tiempos agitados el amparo de unos sobrinos que estaban en buena posición. Su vida, desde el principio de la guerra civil, había sido muy penosa. Los sucesos les sorprendieron en Madrid, donde vivían siempre. De allí pasaron a Francia hasta recibir la invitación hospitalaria de José Camino. Ahora se arrimaban unos a otros al ver la nueva tierra desconocida. El aire de aquella tierra les caldeaba sus rostros de personas ya maduras que expresaban un cierto estupor en los dos hermanos Camino y fatiga en la flaca cara de Matilde.
Honesta se había estremecido cuando el barco pasó por delante de aquella costa llena de acantilados tristes y estériles.
– ¡Yo creía que veníamos a un paraíso!
Matilde, una mujer alta y pálida, que a pesar del día primaveral se arrebujaba en un gran abrigo, y que había sufrido horribles mareos durante el viaje, la miró con ironía.
– Nada de paraísos. Estas islas son terribles.
Matilde era licenciada en Historia. Se suponía que sus juicios eran inapelables.
Pablo, con los ojos sonrientes debajo de sus cejas negras, intervino diciéndole que no fuese tan pesimista.
Daniel Camino, que, en contraste con su mujer, era bajito, gordinflón y muy pecoso, se manifestaba inquieto.
– Debemos estar dando la vuelta a la isleta -volvió a decir Matilde.
Del bolsillo de su abrigo sacó un mapa del archipiélago, que desde que habían decidido emprender el viaje tenía siempre a mano. Allí aparecían las siete islas con sus nombres: Tenerife, Gran Canaria, Fuerteventura, Lanzarote, Gomera, Hierro y La Palma… Todos estaban acostumbrados a ver a Matilde durante el viaje con aquel mapa del archipiélago en la mano, y solían sonreírse; pero en aquel momento se inclinaron sobre él vivamente. Hasta Pablo se asomó por encima del hombro de Honesta para mirar aquel papel que el aire levantaba y doblaba a cada instante por sus bordes.
