
La guerra para mí terminó al cabo de cinco semanas. Un disparo me envió a casa. Tardaron tres meses en zurcirme y me hice funcionario. Cuando en 1942 Korten empezó en la Rheinische Chemiewerke de Ludwigshafen y yo, en la Fiscalía de Heidelberg y no teníamos casa todavía, compartimos durante algunas semanas la habitación del hotel. En 1945 terminó mi carrera en la Fiscalía, y él me ayudó con los primeros encargos que recibí en el mundo empresarial. Entonces empezó su ascenso, tenía poco tiempo y con la muerte de Klara cesaron también las visitas de Navidad y de cumpleaños. Nos movemos en ambientes distintos, y sobre él leo más de lo que oigo. A veces nos encontramos en un concierto o en el teatro y nos entendemos. Después de todo somos viejos amigos.
Luego…, me acuerdo bien de aquella mañana. El mundo estaba a mis pies. El reuma me había dejado en paz, tenía la cabeza clara y con el traje azul nuevo parecía joven -eso pensaba yo cuando menos-. El viento no traía el familiar hedor químico hacia aquí, a Mannheim, sino que lo llevaba más allá, al Palatinado. El panadero de la esquina tenía cruasanes de chocolate y yo estaba desayunando al sol fuera, en la acera. Una mujer joven venía por la Mollstrasse, conforme se acercaba me parecía más bonita; dejé la taza desechable en el alféizar del escaparate y me fui tras ella. Al poco estaba yo ante mi oficina en el parque Augusta.
Estoy orgulloso de mi oficina. En la puerta y el escaparate de lo que fue un estanco he hecho poner vidrio opaco y, encima, con letras doradas y sin adornos:
Gerhard Selb
Investigaciones privadas
En el contestador automático había dos llamadas. El gerente de Goedecke necesitaba un informe. Yo había probado el fraude de su director de sucursal, pero éste no se había dado por vencido y había impugnado su despido ante la Magistratura de Trabajo. En el otro mensaje la señora Schlemihl, de la Rheinische Chemiewerke, me pedía que la llamara.
