
Me deslicé fuera de la cama y recorrí a toda prisa la habitación en busca de mi vestido de trabajo. Ninguna de mis prendas estaba en el armario: todas ellas se hallaban desparramadas bajo la cama o sobresalían de los cajones de la cómoda. Me cepillé el pelo y traté de recordar dónde había dejado el vestido.
– ¡Simone! -me llamó mi padre de nuevo-. ¡Me gustaría verte aparecer antes de que se acabe 1922!
– ¡Ya voy, papá!
– ¡Oh! ¿Acaso he perturbado el sueño de nuestra Bella Durmiente?
Sonreí. Me lo imaginé sentado a la mesa de la cocina, con una taza de café en una mano y en la otra un trozo de salchicha pinchado en el extremo de un tenedor. Seguramente tenía el bastón de paseo apoyado sobre la pierna y su ojo bueno miraba con paciencia hacia el rellano de la escalera en busca de alguna señal de vida por mi parte.
Localicé el vestido colgado detrás de la puerta y recordé que lo había colocado allí la noche anterior. Deslicé los brazos por el interior de la prenda y logré ajustármela sin engancharme mi larga melena en ninguno de los broches,
La bocina del automóvil de Bernard volvió a sonar. Pensé que era extraño que nadie le hubiera invitado a entrar y miré por la ventana para ver qué sucedía. Pero no era él el que estaba tocando la bocina, sino un niño que se había subido al estribo del coche. Tenía los ojos tan redondos como ciruelas. Una mujer que llevaba el pelo recogido bajo un pañuelo lo apartó de un tirón del automóvil y le riñó. Pero su disgusto era simulado. El muchacho sonrió y su madre le cubrió la frente de besos. Mientras tanto, los tres pasajeros masculinos de la camioneta estaban descargando baúles y sacos. Contemplé como el más alto de los tres bajaba una guitarra, acunando el instrumento entre sus brazos con la misma delicadeza con la que una madre sostiene a su bebé.
