Tío Gerome, con el sombrero de trabajo ladeado sobre sus cabellos grises, entabló una conversación con el conductor. Por la manera en la que las puntas del bigote de mi tío se torcían hacia abajo, supe que estaban hablando de dinero. Señaló hacia el bosque y el conductor se encogió de hombros. Continuaron gesticulando durante algunos minutos más antes de que el conductor asintiera con la cabeza. Tío Gerome se llevó la mano al bolsillo y sacó una bolsita, contó todas y cada una de las monedas y fue colocándolas en la palma de la mano del hombre. Satisfecho, el conductor le estrechó la mano y les hizo un gesto de despedida a los demás antes de volver a montarse en la camioneta y ponerla en marcha. Tío Gerome se sacó una libreta del bolsillo y un lápiz de detrás de la oreja y garabateó la cantidad que acababa de pagar en su libro de cuentas, el mismo libro en el que tenía anotado cuánto dinero le debía mi padre.

Besé el crucifijo que se encontraba junto a la puerta y me apresuré a bajar las escaleras. En medio del pasillo, me acordé de mi amuleto de la buena suerte. Corrí de vuelta a mi habitación, cogí la bolsita de lavanda de la cómoda y me la escondí en el bolsillo.

Mi padre estaba exactamente donde yo me lo había imaginado, sosteniendo el café y la salchicha. Bernard se había sentado junto a él, meciendo una copa de vino entre las manos. Bernard luchó con mi padre en las trincheras durante la guerra. Eran dos hombres que jamás se habrían conocido de no haber sido por aquellas circunstancias y ahora compartían una fiel amistad. Mi padre recibió a Bernard con los brazos abiertos en nuestra familia, porque sabía que la suya propia había rechazado a su nuevo amigo. El pelo rubio de Bernard parecía aún más claro que la última vez que lo había visto. Olfateó el vino antes de bebérselo, igual que olía todo en la vida antes de hacer nada. La primera vez que nos hizo una visita, lo encontré en el patio, olisqueando el aire, como un perro sabueso.



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