– Coge el tranvía -me dijo la mujer cuando le pregunté cómo llegar al Vieux Port.

Me abrí paso hasta el lugar en el exterior de la estación en el que la mujer me había indicado que tenía que esperar. Un ruido tan fuerte como un trueno me sobresaltó y, cuando levanté la mirada, vi el tranvía desplazándose a toda velocidad hacia la parada. En los laterales y la parte frontal y trasera se aferraban docenas de chiquillos descalzos con las caritas sucias. El tranvía se detuvo y los muchachos se apearon de un salto. Le entregué al revisor las monedas que mi madre me había dado y tomé asiento detrás del conductor. Más gente se apiñó en el interior del vehículo y otros niños -y también algunos adultos- se asieron de los laterales. Posteriormente, me enteré de que así se podía viajar gratis. El tranvía arrancó, cogiendo velocidad gradualmente y balanceándose de un lado a otro. Yo me aferré con fuerza a la ventanilla con una mano y al borde de mi asiento con *a otra. Marsella era un lugar diferente a todos los que había visto antes y estaba segura de que no habría podido imaginármelo ni en un millón de años. Era un mosaico de espléndidos edificios con tejados de azulejos y elegantes balcones, junto a casas de desgastados postigos de madera y manchas de humedad que cubrían sus paredes. Era como si un terremoto hubiera mezclado un rompecabezas de diferentes pueblos y ciudades.

El tranvía no tenía luna en el parabrisas delantero y una ráfaga de aire fresco me recorrió el cuero cabelludo y las mejillas. Era de agradecer que la ventilación fuera buena porque el hombre sentado junto a mí apestaba a cebolla y a tabaco rancio.

– ¿Acabas de llegar? -me preguntó, observando la expresión preocupada que se me pintó en el rostro cuando el tranvía chirrió y dobló a toda velocidad una esquina.

Asentí con la cabeza.



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