
Me miré el regazo, con las mejillas ardiendo de vergüenza. Puede que fuera pobre, pero me había lavado cuidadosamente y me había puesto mi mejor vestido para el viaje. No obstante, olvidé la grosería de aquellas mujeres cuando el tren entró en la Gare Saint Charles: nunca antes había visto una muchedumbre tan grande reunida en un mismo lugar. Seguramente allí habría tanta gente como toda la población de mi región, yendo de aquí para allá por la estación. Contemplé a varias mujeres que pasaban de un lado para otro, identificando su equipaje; vendedores ambulantes que ofrecían flores y cigarrillos; marineros que cargaban fardos de lona sobre los hombros; y niños y perros sentados sobre maletas. Pero lo que más me sorprendió fue el tumulto de idiomas que se escuchaba en torno a mí cuando bajé al andén. Los acentos del español y el italiano me resultaban familiares, pero no los de los griegos, armenios y turcos. Abrí el mapa que tío Gerome me había dado y traté de imaginar cuánto tiempo tardaría en andar hasta el Vieux Port, donde vivía tía Augustine. No faltaba mucho para la puesta de sol y no me apetecía vagabundear por una ciudad desconocida en plena noche.
– Está demasiado lejos para ir andando -me informó un marinero que llevaba un cigarrillo colgado de la comisura de la boca cuando le enseñé el mapa-. Será mejor que cojas un taxi.
– Pero no tengo dinero para un taxi -repliqué.
Se acercó más a mí y sonrió con unos dientes que parecían los de un tiburón. Podía oler el hedor a whisky de su aliento. Me recorrió un escalofrío y me escabullí entre la multitud. Había una mujer junto a la entrada de la estación que vendía miniaturas de la iglesia de Notre Dame de la Garde, la basílica abovedada cuya torre del campanario tenía en su parte superior una estatua dorada de la Virgen. Sabía que, en principio, la madre de Cristo guardaba a todos aquellos que se perdieran en el mar. Si hubiera tenido dinero, habría comprado una de aquellas miniaturas con la esperanza de que también me guardara a mí.
