
La Rue Sainte, donde se encontraba la casa de huéspedes de tía Augustine, tenía la misma mezcla de arquitectura ecléctica que el resto de la ciudad. Estaba compuesta de varias casas señoriales, construidas en los días prósperos de Marsella como ciudad marítima, y terrazas achaparradas. La casa de mi tía era una de las últimas y estaba unida a otra que despedía una mezcla de olor a incienso y detergente. Tres mujeres ligeras de ropa se asomaban inclinándose por una de las ventanas, pero por suerte ninguna me gritó nada.
Me acerqué a la puerta, levanté la aldaba y la dejé caer tímidamente con un ruido sordo. Miré hacia arriba y vi las ventanas incrustadas de salitre, pero no había ninguna luz en ellas.
– ¡Inténtalo otra vez! -me sugirió una de las mujeres-. Está medio sorda.
No me atreví a levantar la vista hacia la mujer, pero seguí su consejo. Cogí la aldaba y la hice oscilar con fuerza. Golpeó la madera con una sacudida tan enérgica que temblaron los marcos de las ventanas y resonó por toda la calle. Las mujeres se echaron a reír.
Esta vez escuché una puerta que se abría en el interior de la casa y unos pasos que bajaban pesadamente las escaleras. El pestillo chasqueó y se abrió la puerta. Apareció ante mí una anciana. Su rostro únicamente estaba compuesto por ángulos, con una nariz ganchuda y una barbilla tan puntiaguda que hubiera podido utilizarla de azadón para cultivar un jardín con ella.
– ¡No hace falta armar tanto jaleo! -me espetó, frunciendo el ceño-. ¡No estoy sorda!
Di un paso atrás y casi me tropecé.
– ¿Tía Augustine?
La mujer me examinó de pies a cabeza y pareció llegar a una conclusión desagradable.
– Sí, soy tu tía abuela Augustine -me dijo, cruzando sus gruesos brazos sobre el pecho-. Límpiate las botas antes de entrar.
La seguí por el recibidor, que tenía una alfombra raída, dos sillas y un piano polvoriento, hasta el salón.
