
– ¿Quieres té? -me ofreció, señalando la tetera y unas tazas mal emparejadas que había junto a ella.
– Sí, por favor.
Tenía la garganta seca y se me hizo la boca agua solo de pensar en una tisana balsámica. Casi podía sentir la suave camomila recorriéndome la garganta o un toque refrescante de romero humedeciéndome la lengua.
Tía Augustine cogió el asa de la tetera con sus dedos nudosos y sirvió el té.
– Toma -me dijo, empujando una taza y un plato hacia mí.
Observé el líquido oscuro. No despedía ningún aroma y cuando lo probé, descubrí que estaba frío y sabía a agua sucia. Debía de haber sobrado de la mañana o incluso de días anteriores. Me bebí el té porque tenía sed, pero los ojos me escocieron por las lágrimas. ¿No podría haberme preparado tía Augustine una tetera nueva? Parte de mí había albergado la esperanza de que la tía fuera más como mi padre y menos como tío Gerome.
Tía Augustine se acomodó en su asiento y se arrancó un pelo de la barbilla. Yo me senté erguida con los hombros rectos, decidida a darle otra oportunidad. Seguramente la tía comprendía que ambas pertenecíamos a los Fleurier, por nuestras venas corría la misma sangre. Pero antes de que pudiera abrir la boca, anunció:
– Tres comidas diarias. Y controla lo que comes: tú no eres un huésped.
Señaló un trozo de papel clavado en el marco de la puerta.
– Los demás ponen sus nombres ahí para que sepas si se quedan a comer. Monsieur Roulin siempre está aquí y la de arriba no está nunca. Y de todas maneras yo jamás sentaría a la mesa a alguien así.
