
– ¿La de arriba? -le pregunté.
Tía Augustine levantó la mirada hacia el techo y yo la imité, para ver qué estaba mirando. Pero aunque yo solo veía telarañas, me dio la impresión, por el ceño fruncido pintado en su rostro, de que se estaba refiriendo a algo maligno. El siniestro sonido de «la de arriba» aún resonaba en el aire.
– Bueno -exclamó tía Augustine, quitándome bruscamente la taza vacía y colocándola boca abajo sobre el plato-, te voy a enseñar tu habitación. Quiero que estés en pie mañana a las cinco para ir a la lonja de pescado.
No había comido nada desde la salchicha en el tren, pero me sentía demasiado atemorizada como para confesar que tenía hambre.
Mi habitación se encontraba en la parte trasera del edificio, directamente al lado de la cocina. La puerta estaba combada y, cuando la empujé para abrirla, el borde arañó el suelo. Se veía claramente una marca en forma de semicírculo que trazaba el movimiento habitual de la puerta. Me dio un vuelco el corazón al ver las paredes de cemento. El único mobiliario que había era una silla de aspecto desvencijado en una esquina, un armario y una cama, cuyo edredón tenía manchas de moho. A través de la mugre de la ventana enrejada, vi el cobertizo del inodoro y un jardín de especias que necesitaba una buena limpieza.
– Volveré dentro de una hora para explicarte tus quehaceres -anunció tía Augustine, cerrando la puerta tras ella.
No se comportaba en absoluto como si fuera pariente mía. No era más que mi jefa.
En el dorso de la puerta había una lista de tareas. El papel en el que estaba garabateada había amarilleado con el tiempo. «Limpiar las baldosas con aceite de linaza y cera de abejas. Sacudir la ropa de cama. Fregar el suelo…»
Me pregunté cuánto tiempo habría pasado desde que alguien había hecho aquellas cosas o que una sirvienta había ocupado aquella lóbrega habitación.
