Saqué agua de la bomba que se encontraba en el exterior, junto a la puerta de la cocina, y después eché un vistazo a la cesta de las verduras en la encimera. Me sorprendió la calidad de aquellos productos. Los tomates aún tenían una piel tersa y roja, aunque era bastante tarde para que estuvieran de temporada; las berenjenas me parecieron consistentes cuando las sostuve entre las manos; los puerros eran frescos y las aceitunas negras tenían un aspecto suculento. En aquella sucia cocina, la fragancia de aquellos productos de buena calidad era tan bien recibida como un oasis en mitad del desierto.

Tía Augustine percibió mi admiración.

– Siempre se ha comido bien aquí. Yo era famosa por ello. Aunque, por supuesto, ya no soy tan buena cocinera como antes -me dijo, levantando sus manos ganchudas.

La observé con detenimiento, tratando de encontrar a la mujer que había tras aquel rostro adusto, la fogosa joven que desobedeció a sus padres y se escapó con un marinero. Detuve la mirada en sus anchos hombros y en la barbilla hombruna, pero en sus ojos solo percibí amargura.

Una vez que hube reunido los ingredientes, tía Augustine me gritó las instrucciones por encima del ruido de las ollas humeantes y el siseo de las sartenes. A cada paso, tenía que llevarle la comida para que la inspeccionara: el pescado, para mostrarle que le había quitado la piel correctamente; las patatas, para demostrar que había hecho bien el puré; las aceitunas, para que comprobara que las había picado bien, a pesar de que el cuchillo estaba poco afilado; incluso tuvo que confirmar que había machacado el ajo siguiendo sus indicaciones.



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