A medida que progresaba la preparación de la comida, el rostro de tía Augustine se fue sonrojando. Al principio, pensé que se debía a que yo no estaba haciendo nada a derechas. «Saca eso, has cortado esas hojas como una verdadera paleta. Demasiado aceite, ve y redúcelo, por Dios santo. ¿Cuánta menta le has puesto a eso? ¿Te has creído que te estaba pidiendo que prepararas un enjuague bucal?» Me daba la sensación de que eran demasiadas quejas, sobre todo viniendo de una mujer que ni siquiera se tomaba la molestia de servir el té recién hecho. Pero a medida que aumentaba la temperatura de la estancia y sus instrucciones cada vez eran más frenéticas, vi que el color en sus mejillas provenía de la pasión interna que yo había tratado de encontrar en ella antes. Era como un director de orquesta dirigiendo con la batuta las notas del pescado frito, la mantequilla y el romero para crear una sinfonía gastronómica. Además, los vapores aromáticos parecieron sacar a los inquilinos de sus habitaciones. Escuché voces y pasos que bajaban las escaleras casi treinta minutos antes de la hora fijada para el almuerzo.

A la mesa puesta, nos sentamos cinco comensales en total. Además de tía Augustine y de mí misma, estaban Ghislaine, una mujer de mediana edad que trabajaba de pescadera, y los dos huéspedes varones: monsieur Roulin, un marinero jubilado, y monsieur Bellot, un profesor principiante en un instituto para chicos. Monsieur Roulin tenía un hueco donde deberían haber estado sus dos incisivos, apenas contaba con un par de mechones de pelo sobre la parte posterior de un cuello moteado de manchas oscuras y le faltaba el antebrazo izquierdo, amputado desde el codo. Agitaba el extremo fruncido del muñón mientras hablaba con una voz que sonaba como una máquina a la que le hiciera falta que la engrasaran.

– Es agradable tener a una joven señorita a la mesa. Su piel es tan oscura como la de una frambuesa, pero aun así, es bonita.



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