Estaba tan absorta en aquellas descabaladas historias y en el sonido, ¡chhh!, ¡chhh!, ¡chhh!, que producía el cepillo con el que estaba frotando las baldosas, que al principio no me di cuenta del crujido de una puerta al abrirse y el golpe que produjo al cerrarse. Después, oí que alguien tarareaba. Paré en seco lo que estaba haciendo y levanté la vista. La voz era clara y saltaba de nota en nota como una mariposa yendo de flor en flor. Estaba cantando el tipo de tonadilla repetitiva que tocaría un acordeonista en una feria. Al ritmo del tarareo, escuché pasos saltando escaleras abajo. Clac, clic, clac, clic. Pertenecían a una mujer, pero eran demasiado ligeros como para ser de tía Augustine o de Ghislaine. Las pisadas alcanzaron el rellano y percibí el tintineo de joyas y un repiqueteo parecido al del arroz cuando se agita dentro de un bote.

Me levanté y me alisé el pelo y la falda. Tenía el delantal y el dobladillo del vestido chorreando, pero no pude resistir la tentación de aprovechar la oportunidad de ver quién era. Me escurrí el agua del delantal, me froté los zapatos con el trapo que había estado utilizando para limpiar y corrí hacia la puerta principal. Pero mientras cruzaba el comedor, se me enganchó el tacón del zapato en la alfombra. Me tropecé y me caí contra el aparador, desperdigando las tazas y los platos, aunque afortunadamente no se rompió ninguno. Me recompuse y recoloqué la porcelana, pero alcancé el recibidor un segundo tarde. Lo único que logré vislumbrar fue un vestido bordado de color marfil deslizándose por la puerta. Un toque de aceite de ylang-ylang flotaba en el ambiente.

En diciembre, la brisa del océano era áspera y enrojecía la piel, como los dedos de mis manos de restregar las capas de polvo y suciedad de los estantes, los armarios y las tablas del suelo de la casa de tía Augustine.



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