
– Quita el polvo desde la planta de abajo hacia arriba -me dijo, como si yo tuviera la culpa del estado descuidado en el que se encontraba la casa-. Haz la habitación de monsieur Bellot primero, después barre el suelo de la habitación de Ghislaine cuando se marche al trabajo. La habitación de monsieur Roulin la limpia su hija. Y no te preocupes por el cuarto piso. Esa no quiere que «mangoneen» entre sus cosas.
¿Esa? Otro misterioso comentario sobre la mujer que se alojaba en el cuarto piso, cuya mera mención causaba la incomodidad de tía Augustine, aunque no le importara cobrarle el dinero del alquiler.
– Yo descanso durante las tardes, pero volveré a bajar para supervisar la cena -me anunció tía Augustine, agarrándose al pasamanos y avanzando lentamente escaleras arriba.
El suelo de la cocina parecía arenoso bajo mis pies cuando fui a buscar la escoba. Me horroricé solo de pensar en cocinar otra comida en un lugar tan insalubre. A pesar de que tía Augustine me había ordenado que empezara quitando el polvo, primero limpié la cocina. Llené un cubo con agua, la calenté en la estufa y fregué la mesa y las encimeras con agua jabonosa, fantaseando con la misteriosa huésped de la planta de arriba mientras trabajaba. Al principio me imaginé una arrugada anciana de la edad de mi tía, postrada en la cama con un rostro hundido y enfermizo. Era una antigua rival, en amores o en gastronomía, que había caído en desgracia y tía Augustine la estaba dejando debilitarse entre la suciedad y la inanición. A medida que progresaba con la limpieza del suelo, el rostro de la anciana se suavizó y las arrugas desaparecieron. Una de sus piernas se atrofió y se transformó en una mujer tullida proveniente de una acaudalada familia que se avergonzaba de la aflicción de la mujer, y pagaban a tía Augustine para que la alojara. Sentí un cosquilleo de curiosidad. Quizá era una pariente -una Fleurier desconocida- que tía Augustine mantenía escondida y que se negaba a reconocer como sangre de su sangre.
