
Cruzamos el angosto riachuelo. Los campos de lavanda se extendían como océanos púrpura ante nosotros. Justo antes de la cosecha era cuando el color de la planta resultaba más llamativo y su aroma más penetrante. El calor del verano acentuaba la suntuosidad de su fragancia y la intensidad de su color, pues los brotes malvas de la primavera se habían convertido en ramilletes de florecillas violeta. Me entristecía pensar que en pocos días los campos quedarían reducidos a terrones de arbustos mutilados.
Mi padre se inclinó sobre su bastón y fue asignando una zona de campo a cada uno de los trabajadores mientras tío Gerome traía el carro y la mula. Cada uno de los temporeros recogió un braguero que les dio mi padre, lo ataron por los extremos y lo convirtieron en una especie de bolsa-cinturón en la que podían acumular los tallos de lavanda que fueran cortando.
El niño que se había subido antes al estribo del coche de Bernard fue a sentarse bajo un árbol. Cogí a Olly y llamé a Chocolat.
– ¿Te gustaría acariciarlos? -le pregunté, colocándole a Olly al lado.
Alargó la mano y les acarició la cabeza. Chocolat lamió los dedos del niño y Olly recostó la cabeza sobre su regazo. El chico se echó a reír y me sonrió. Me señalé el pecho y le dije: «Simone», pero él no entendió a lo que yo me estaba refiriendo o bien era demasiado tímido para decirme su nombre. Miré sus enormes ojos y decidí llamarlo Goya, porque pensé que parecía tener una gran sensibilidad, como la de un artista.
Me senté junto a él y contemplamos a los trabajadores distribuyéndose por los campos. Yo no sabía hablar español, así que no podía preguntarle a Goya cómo se llamaban realmente los trabajadores, por lo que yo misma los bauticé con los pocos nombres españoles que conocía. A uno desgarbado lo llamé Rafael.
