
– No son gitanos, Simone, son temporeros españoles. Y, al contrario que tú, se levantan temprano. Ya han comido.
Miré a mi madre, que asintió con la cabeza. De todos modos, me metí un trozo de pan en el bolsillo. Mi madre me había contado que los gitanos lo hacían para que les diera buena suerte.
En el exterior, los trabajadores esperaban con sus hoces y rastrillos. Tía Yvette se ajustó el sombrero, se bajó las mangas y se puso los guantes para el sol. Chocolat, su cocker spaniel, se deslizó por el césped, seguido por mi gato barcino, Olly, del que lo único que se veía por encima de la hierba eran las orejas anaranjadas y la cola.
– ¡Venid aquí, chicos! -les llamé.
Las dos bolas de pelo corretearon hacia mí. Olly se frotó contra mis piernas. Lo había rescatado de una trampa para pájaros cuando no era más que una cría. Tío Gerome me dijo que podía quedármelo si era capaz de cazar ratones y no teníamos que alimentarlo. Pero tanto mis padres como tía Yvette y yo misma le dábamos de comer, dejando caer trocitos de queso y carne bajo la mesa siempre que nos pasaba entre los pies. Como consecuencia, Olly se había puesto gordo como un melón y no era demasiado bueno cazando ratones.
– Volveré mañana para la destilación, Pierre -le anunció Bernard a mi padre.
Nos dio un beso a mi madre, a mi tía y a mí.
– Buena suerte con la cosecha -nos deseó, montándose en el coche.
Le dijo adiós con la mano a mi tío, aunque este no tenía demasiado tiempo para nuestro agente de ventas. Tan pronto como Bernard desapareció detrás de los almendros, tío Gerome comenzó a imitar sus refinados andares. Todos lo ignoramos. Fue Bernard el que corrió entre las balas y el barro hasta el hospital militar cargando con mi padre. Había estallado un obús en la trinchera, que acabó con la vida de su superior y de todos los que se encontraban a diez metros. Y ahora, de no ser por la devoción de Bernard por mi padre, y no precisamente gracias a tío Gerome, nuestra parte de la familia estaría arruinada.
