Tía Yvette y yo leíamos Los miserables. La escuela de la aldea había cerrado hacía dos años, cuando se amplió la vía del ferrocarril y mucha gente se mudó a las ciudades, y sin el interés que mi tía sentía por mi educación, yo habría terminado siendo tan analfabeta como el resto de mi familia. Tío Gerome lograba leer los libros de contabilidad y las instrucciones del fertilizante, pero mi madre no sabía leer ni una palabra, aunque sus conocimientos sobre hierbas y plantas eran tan extensos como los de cualquier farmacéutico. Mi padre era el único capaz de leer el periódico. Se marchó a luchar en la Gran Guerra a causa de lo que había leído en él.

– Los borrachos seguían cantando su canción -leí yo en voz alta-, y la niña, bajo la mesa, cantaba la suya…

– ¡Bof! -se burló tío Gerome, hurgándose entre los dientes con la punta de un cuchillo-. ¡Qué a gusto están unas que yo me sé leyendo libros inútiles, especialmente cuando no se rompen el espinazo en el campo todo el día!

Las manos de mi madre pararon de remendar en seco y cruzó una mirada conmigo. Los músculos del cuello se le pusieron en tensión. Mi tía y yo nos acercamos a ella, recogiendo el borde de la tela y simulando que la estábamos admirando. Aunque ninguno podíamos enfrentarnos a tío Gerome, siempre nos apoyábamos cuando se burlaba de alguno de nosotros. Tía Yvette no podía trabajar en el campo por las características de su piel. Una hora bajo el sol meridional le habría provocado quemaduras de tercer grado. Provenía del pueblo de Sault, y la superstición que existía en torno a los albinos era la única razón por la que una mujer atractiva e inteligente como ella había terminado casándose con tío Gerome. Él era lo bastante perspicaz como para darse cuenta de que, aunque mi tía no podía colaborar en el campo, lo compensaba con creces como cocinera y ama de casa, pero nunca le oí reconociéndole ningún mérito.



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