En cuanto a mí, sencillamente yo no servía para cosechar. Me llamaban «el Flamenco», porque mis flacas piernas eran el doble de largas que el resto de mi cuerpo, e incluso mi padre, que tenía solo un ojo y cojeaba de una pierna, podía recoger la cosecha de un campo entero más rápido que yo.

Unas risas surgieron del granero. Me pregunté de dónde sacaban los españoles la energía para tanta jovialidad después de un día entero en el campo. El sonido de la guitarra flotó a través del patio. Me imaginé a José rasgueando el instrumento, con la mirada cargada de pasión. Los otros jaleaban dando palmas y entonando una especie de cante flamenco.

Tía Yvette levantó la mirada y después volvió a centrarse en la novela. Tío Gerome cogió un manta y se la enrolló alrededor de la cabeza, para dejar patente que le disgustaba aquella música. Mi padre miró hacia el cielo, ensimismado en sus propios pensamientos. Mi madre seguía concentrada en su labor, como si estuviera sorda ante aquellos sonidos festivos. Aunque estaba sentada, mantenía de cintura para arriba una postura tan erguida que la hacía parecer una estatua. Miré bajo la mesa. Mi madre se había quitado los zapatos y marcaba con uno de los pies un sensual ritmo, arriba y abajo, como si la extremidad estuviera bailando por su cuenta. Su disimulo me recordó que mi madre era una mujer llena de secretos.

Aunque las fotografías del abuelo y la abuela Fleurier presidían nuestra chimenea, no había ninguna foto de mis abuelos maternos en ningún otro lugar de la casa. Cuando yo era niña, mi madre me enseñó la cabaña en la que habían vivido, al pie de una colina. Se trataba de una sencilla estructura de piedra y madera que se mantuvo en pie hasta que un incendio forestal, avivado por un fuerte viento mistral, barrió el desfiladero aquel mismo año.



10 из 666