
—Yo se lo contaré a Sevet —dijo Kokor.
—Tú vendrás conmigo —insistió Rashgallivak.
—Tú te quedarás a terminar la obra —terció Tumannu.
—La obra no es más que… otsoss —dijo Kokor, usando la palabra más cruda que se le ocurrió.
Tumannu dio un respingo, Rashgallivak se ruborizó y Gulya rió con sorna.
—Buena definición —comentó. Kokor palmeó a Tumannu en el brazo.
—De acuerdo. Estoy despedida.
—¡Ya lo creo! —exclamó Tumannu—. ¡Y si te largas de aquí esta noche, tu carrera ha terminado! Rashgallivak la miró con sorna.
—Con la parte que le corresponde de la herencia del padre, comprará tu teatrucho, y también a tu madre.
—¿Ah, sí? —preguntó Tumannu—. ¿Quién era su padre? ¿Gaballufix?
Rashgallivak quedó genuinamente sorprendido.
—¿No lo sabías?
Era evidente que no. Kokor reflexionó un instante y comprendió que nunca se lo había mencionado a Tumannu. Y eso significaba que no se había valido del nombre y el prestigio de su padre, sino que había obtenido el papel con su propio esfuerzo. ¡Maravilloso!
—Sabía que era hermana de la gran Sevet —dijo Tumannu—. De lo contrario no la habría contratado. Pero nunca imaginé que tuvieran el mismo padre.
Kokor sintió un agudo aguijonazo de rabia, pero decidió dominarse. Si no se calmaba, podía soltar cualquier insensatez.
—Debo encontrar a Sevet —insistió.
—No —dijo Rashgallivak. No había terminado de hablar, pero en ese momento apoyó una mano en el brazo de Kokor para detenerla, y ella le asestó un rodillazo en la entrepierna, como hacían todas las actrices de comedia cuando un admirador inoportuno se ponía demasiado pesado. Era un reflejo automático. No había sido su intención, y menos pegarle con tanta fuerza. No era un hombre muy corpulento, y casi lo levantó en vilo.
—Debo encontrar a Sevet —repitió a modo de explicación, mientras Rashgallivak gruñía de dolor tumbado en el suelo de madera.
