
—Sevet debe enterarse de lo que ha sucedido —contestó Kokor.
—Se lo diremos en cuanto la encontremos.
¿Diremos? ¿Quiénes? No importa, pensó Kokor. Yo sé dónde encontrarla. Conozco todos los lugares adonde lleva a sus amantes para no ofender a su pobre esposo, Vas. Sevet y
Vas, como Kokor y Obring, tenían un matrimonio abierto, pero Vas no era tan flexible como Obring. Algunos hombres eran muy… territoriales. Quizá fuera porque Vas era científico, no artista. Obring, en cambio, entendía la vida artística. Nunca se le ocurriría imponerle un cumplimiento estricto del contrato matrimonial. A veces le gastaba bromas acerca de los hombres con quienes ella salía.
Kokor, por supuesto, jamás insultaría a su esposo mencionándolos ella misma. Era distinto si él oía rumores. Cuando Obring los mencionaba, Kokor ladeaba la cabeza y decía: «Tonto, tú eres el único a quien quiero.»
Y de algún modo era cierto. Obring era encantador, aunque no tuviera el menor talento teatral. Siempre le llevaba regalos y le contaba sabrosos chismes. Por eso Kokor había renovado dos veces el contrato matrimonial. La gente comentaba que ella era muy fiel, pues estaba casada con su primer esposo desde hacía más de dos años, siendo una bella joven que podía casarse con cualquiera. Había aceptado ese matrimonio para complacer a la madre de Obring, la vieja Dhel, que había servido como su tía y era la mejor amiga de Madre. Pero había aprendido a querer sinceramente a Obring. Le gustaba estar casada con él, mientras pudiera acostarse con quien quisiera.
Sería divertido encontrar a Sevet y ver con quién dormía esa noche. Hacía años que Kokor no la pillaba en esa situación. Encontrarla con un hombre desnudo y sudado, decirle que Padre había muerto, observar la expresión del pobre hombre cuando comprendiera que su noche de amor había concluido.
