—Conocía mi dilema, Shuya. Lo que ignoraba era cómo resolverlo.

—Yo debo huir de la ciudad —dijo Smelost—. Pensé que podrías ayudarme. Te conocía como madre de Nafai, pero había olvidado que eras las viuda de Gaballufix.

—No soy su viuda —replicó Rasa—. Hace años que dejé expirar nuestro contrato. Luego él se casó varias veces. Ahora mi esposo es el Wetchik. Mejor dicho, el ex Wetchik, que ahora es un fugitivo desposeído cuyo hijo tal vez sea un homicida. —Sonrió con amargura—. No puedo hacer nada al respecto, pero a ti puedo protegerte, y pienso hacerlo.

—No, no puedes —objetó Hushidh—. Estás demasiado cerca del centro de estos misterios, Tía Rasa. El consejo de Basílica te escuchará siempre, pero tu palabra no protegerá a un soldado que ha faltado a su deber. Los dos pareceréis más culpables.

—¿Es la descifradora quien habla? —preguntó Rasa.

—Es tu alumna quien habla —adujo Hushidh—, y te estoy diciendo algo que tú misma sabrías, si no estuvieras tan confundida.

Rasa derramó una lágrima que le humedeció la mejilla.

—¿Qué pasará? —dijo—. ¿Qué le sucederá a mi ciudad?

Luet nunca la había visto tan asustada, tan insegura. Rasa era una gran maestra, una mujer sabia y honorable; ser una de sus sobrinas, una de las alumnas escogidas para vivir en su casa, era motivo de supremo orgullo para una joven de Basílica. Nunca había pensado que la vería titubear de esa manera.

—El Wetchik, mi Volemak, dijo que el Alma Suprema lo estaba guiando —recordó Rasa, escupiendo las palabras con rencor—. ¿Qué clase de guía es ésta? ¿Acaso el Alma Suprema le dijo que enviara a mis hijos a la ciudad, donde estuvieron a punto de matarlos? ¿Acaso el Alma Suprema transformó a mi hijo en un homicida y un fugitivo? ¿Qué está haciendo el Alma Suprema? No creo que el Alma Suprema haya intervenido. Gaballufix tenía razón. Mi amado Volemak ha perdido el juicio, y su locura ha contagiado a nuestros hijos.



18 из 273