Estas palabras indignaron a Luet.

—Deberías avergonzarte —dijo.

—¡Silencio, Lutya! —exclamó Hushidh.

—Deberías avergonzarte, Tía Rasa —insistió Luet —. Aunque para ti resulte temible y confuso, ello no significa que el Alma Suprema no lo entienda. Yo sé que el Alma Suprema está guiando al Wetchik, y también a Nafai. Todo esto redundará en el bien de Basílica.

—Pues te equivocas —declaró Rasa—. El Alma Suprema no siente un cariño especial por Basílica. Vela por el mundo entero. ¿Y si el mundo entero se beneficiara con la ruina de Basílica? ¿Y si perecen mis hijos? Para el Alma Suprema, una ciudad o una persona carece de importancia… ella teje un gran tapiz.

—Entonces debemos respetar sus designios —dijo Luet.

—Respeta lo que quieras —replicó Rasa—. No pienso respetar los designios del Alma Suprema si se propone convertir a mis hijos en asesinos y reducir mi ciudad a escombros. Si eso planea el Alma Suprema, ella y yo somos enemigas, ¿comprendes?

—Baja la voz, Tía Rasa —susurró Hushidh—. Despertarás a las pequeñas.

Rasa calló un instante y murmuró:

—He dicho lo que tenía que decir.

—No eres enemiga del Alma Suprema —dijo Luet—. Por favor, aguarda. Déjame averiguar cuál es su voluntad. Para eso me has llamado, ¿verdad? Para saber qué planea el Alma Suprema.

—Sí —admitió Rasa.

—Yo no puedo darle órdenes, pero le preguntaré —dijo Luet —. Aguarda aquí y yo…

—No —replicó Rasa—. No hay tiempo para que vayas a las aguas.

—No a las aguas —dijo Luet—. A mi habitación. A dormir. A soñar. A escuchar la voz, a esperar la visión. Si llega.

—Pues date prisa —exigió Rasa—. Sólo tenemos una hora para decidir. Cada vez vendrá más gente aquí, y tendré que actuar.

—No puedo dar órdenes al Alma Suprema —repitió Luet—. Y el Alma Suprema fija sus propias pautas. No sigue las tuyas.



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