
– Está acabado -comentó Parker-. Nosotros no. Corta el paso.
– Oh, maldita sea -exclamó Briggs. Era petulante y quejumbroso, lleno de amaneramientos ridículos, pero puso una rodilla en el suelo, abrió su caja, sacó un tubo de metal envuelto en cinta negra, retorció el extremo, se puso de pie y lo arrojó con gesto delicado hacia la escalera. Antes de que hubiera caído, Briggs ya estaba de rodillas de nuevo, cerrando la caja.
El tubo pasó por encima de Michaelson y cayó al suelo más allá de su pecho. La puerta desapareció tras un relámpago de luz, ruido, humo y esquirlas. Parker retrocedió un paso y Briggs, que se levantaba, volvió a caer de rodillas.
El humo lo llenó todo. La explosión seguía reverberando, encerrada en los muros de piedra. Parker le gritó a Briggs:
– ¡Vamos! -y no pudo oírse por el silbido en sus oídos.
Pero, de todos modos, Briggs se movía. Sacudiendo penosamente la cabeza, se había levantado y se dirigía hacia el túnel. Empujó con cuidado la caja de herramientas, y detrás fue él.
Parker volvió a mirar hacia el lugar donde habían estado la escalera y la puerta, pero el humo lo oscurecía todo. No podía oír nada exterior a su propio cuerpo, ningún sonido salvo el golpeteo de su corazón y el torbellino de la sangre en las venas. Se volvió, en medio del ensordecedor silencio, envuelto en humo, y se deslizó por el túnel, cuya longitud era dos veces la de su cuerpo, tres metros y medio excavados en la roca y la dura piedra, y salió al otro sótano, donde Briggs revisaba su caja de herramientas y Hurley corría hacia la escalera.
– Los monos -le dijo Parker a Briggs comenzando a bajar la cremallera del suyo.
Hurley les voceaba:
– ¡Vamos, vamos, no hay tiempo!
– Quítate el mono -le ordenó Parker-. Tenemos que darnos prisa para parecer ciudadanos corrientes.
Hurley frunció el ceño y miró a la puerta en lo alto de las escaleras, pero bajó la cremallera de su mono con un movimiento rápido y se lo apartó de los hombros.
