
I
Parker, mientras corría hacia la luz, disparó dos veces por encima del hombro izquierdo, sin intención de apuntar. Sólo pretendía ganar tiempo, mantener a los policías frente a la joyería mientras él y los demás huían.
La puerta que conducía al sótano era una especie de rectángulo alto de luz mortecina. Cuando entraron, al abrir esa puerta, debieron de haber activado un dispositivo de seguridad interno, probablemente una alarma conectada en una compañía privada de seguridad que no figuraba en el plano que habían comprado.
Hurley fue el primero en atravesar la puerta. Se oían disparos desde fuera y voces que gritaban «¡Alto o disparo!», aunque ya estaban haciendo fuego.
Parker cruzó la puerta y empezó a subir los escalones; oyó un gruñido de Michaelson detrás de él, y un ruido seco, como si una bolsa de harina hubiera sido arrojada contra una pared. Los pies de Parker tocaron el cuarto escalón, el noveno, y el suelo sucio. Hurley ya estaba a mitad de camino de la entrada del túnel que atravesaba la pared de piedra trasera; corría inclinado bajo el techo entrecruzado de tuberías negras. Dos focos macilentos producían sombras negras y una pálida luz. Briggs se detuvo a la entrada del túnel parpadeando tras sus gafas, con la caja de herramientas en la mano. Era un profesional, no estaba habituado a la excitación.
Hurley se zambulló de cabeza en el túnel, desapareciendo hasta las rodillas, y siguió retorciéndose, empujándose con los pies ansiosamente. Parker se detuvo detrás de Briggs, lo agarró por el brazo para llamar su atención y le indicó la escalera situada detrás de él.
– Destrúyela -le ordenó.
Briggs lo miró y dijo:
– Michaelson -y volvió la cabeza hacia la escalera.
Parker miró. Michaelson estaba tendido en el umbral, con la cabeza y los brazos colgando sobre el primer escalón. No se movía.
