
– ¡Comisario! ¿Qué hace? ¿Se le ha olvidado que hoy estamos cerrados?
«¡Lo había olvidado, me cago en la puta!»
– Pero si quiere comer conmigo y mi mujer…
Se lanzó de cabeza. Y comió tanto que, mientras comía, se avergonzaba, pero no podía remediarlo. Al final, Enzo casi se felicitó.
– ¡Que aproveche, comisario!
El paseo por el muelle fue necesariamente muy largo.
Pasó el resto de la tarde cerrando de vez en cuando los ojos y dando cabezadas a causa de los repentinos ataques de sueño. Cuando le ocurría, se levantaba e iba a refrescarse la cara.
A las siete de la tarde Catarella le anunció que había regresado la siñora de la mañana.
Michela Pardo, nada más entrar, dijo una sola palabra:
– Nada.
No se sentó, tenía prisa por ir a casa de su hermano, y aquella prisa quería transmitírsela al comisario.
– Pues bueno -dijo Montalbano-. Vamos para allá.
Al pasar por delante del trastero que servía de recepción, le explicó a Catarella:
– Me voy con la señora. Después, si necesitáis algo, me encontraréis en Marinella.
– ¿Vamos en mi coche? -preguntó Michela Pardo, señalando un Polo azul.
– Quizá mejor que yo coja el mío y la siga. ¿Dónde vive su hermano?
– Un poco lejos. En el nuevo barrio. ¿Conoce Vigàta Dos?
Conocía Vigàta 2. Una pesadilla creada por un constructor víctima de los peores alucinógenos que cupiese imaginar. Él jamás habría vivido allí, ni siquiera en forma de cadáver.
2
No; por suerte para él y para el comisario, que jamás habría permanecido más de cinco minutos en una de aquellas opresivas habitaciones de dos por tres metros descritas en los folletos publicitarios de Vigàta 2 como «amplias y soleadas», Angelo Pardo vivía más allá del nuevo complejo residencial, en un pequeño y reformado chalet del siglo XIX de planta baja y dos pisos.
