Montalbano lo miró, perplejo.

– ¿El segundo? ¿Acaso hubo un primero? ¿Y cómo es posible que yo no me haya enterado?

– El ingeniero Fasulo. Pero en su caso fue cocaína.

– ¿Cocaína? ¡Pero qué me estás contando! ¡El ingeniero murió de un infarto!

– Claro. Eso dice el certificado médico, eso dice la familia, eso dicen todos los amigos. Pero todo el pueblo sabe que murió por la droga.

– ¿Estaba mal cortada?

– Eso no lo sé, dottore.

– Oye, ¿tú conoces a un tal Angelo Pardo que tiene cuarenta y dos años y trabaja como informador?

Fazio no pareció sorprenderse del oficio de Angelo Pardo. Tal vez no lo había entendido bien.

– No, señor. ¿Por qué lo pregunta?

– Porque desapareció hace un par de días y la hermana está preocupada.

– ¿Quiere que…?

– No; después, si no da señales de vida, ya veremos.

– ¿Dottor Montalbano? Soy Lattes.

– Dígame.

– ¿La familia bien?

– Me parece que de eso ya hemos hablado hace un par de horitas.

– Pues sí. Mire, he de comunicarle que hoy el señor jefe superior no tiene tiempo de recibirlo tal como usted había pedido.

– Le recuerdo, dottore, que es el jefe superior el que me ha convocado.

– Ah, ¿sí? Da lo mismo. ¿Podría venir mañana a las once?

– Pues claro.

Ante la idea de no tener que ver al jefe superior, los pulmones se le ensancharon y le entró un apetito descomunal que sólo podría saciar Enzo, el dueño de la trattoria.

Salió de la comisaría. El día lucía todos los colores del verano, pero sin ser demasiado caluroso. Se lo tomó con calma, colocando muy despacio un pie delante del otro mientras saboreaba de antemano lo que iba a comer. Cuando llegó a la puerta de la trattoria, se le cayó el alma a los pies. Estaba cerrada a cal y canto. Pero ¿qué coño había ocurrido? De la rabia que le entró, le pegó un fuerte puntapié a la puerta, dio media vuelta y se retiró soltando reniegos. Pero a los dos pasos oyó que lo llamaban.



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