
En cuestión de segundos él autodespertaba deliberadamente con una anticipación de unos diez minutos como mínimo.
Eran los mejores diez minutos del día que tenía por delante. ¡Ah, qué delicia permanecer tumbado entre las sábanas pensando chorradas! Ese libro que todo el mundo dice que es una obra maestra, ¿lo compro o no lo compro? ¿Hoy voy a comer a la trattoria o regreso a Marinella y me zampo lo que haya preparado Adelina? ¿Le digo o no le digo a Livia que los zapatos que me ha comprado no puedo ponérmelos porque me aprietan? Bueno, cosas así. Divagaciones, pero evitando con cuidado que le acudiese a la mente nada relacionado con el sexo o las mujeres: a aquella hora eso podía convertirse en un terreno muy peligroso de explorar, salvo que tuviera durmiendo a su lado a Livia, la cual habría estado encantada de asumir las consecuencias.
Sin embargo, una mañana de hacía un año la situación cambió de golpe. Acababa de abrir los ojos, calculando que podría dedicar un cuarto de hora escaso a sus divagaciones mentales, cuando un pensamiento repentino le pasó por la cabeza, no un pensamiento entero sino un principio de pensamiento, que empezaba con estas palabras: «Cuando llegue el día de tu muerte…»
Pero ¿qué pintaba aquel pensamiento entre los demás? ¡Era una putada! Era como si uno, mientras hacía el amor, recordara que no había pagado el recibo del teléfono. Y no es que la idea de la muerte lo asustara especialmente, pero a las seis y media de la mañana estaba fuera de lugar. Si uno comenzaba a pensar en su propia muerte a las tantas de la madrugada, seguro que a las cinco de la tarde o se pegaba un tiro o se arrojaba al mar con una piedra atada al cuello.
