Consiguió detener el avance de aquella frase, la bloqueó poniéndose a contar precipitadamente del uno al cinco mil con los ojos cerrados y los puños apretados. Después comprendió que el único remedio que le quedaba era ponerse a hacer las cosas que tenía que hacer, concentrándose en ellas como si fuera una cuestión de vida o muerte. A la mañana siguiente la cosa fue más traicionera. El primer pensamiento que se le ocurrió fue que al caldo de pescado tomado la víspera le faltaba un condimento. Pero ¿cuál? Y justo en aquel instante regresó a traición el maldito pensamiento: «Cuando llegue el día de tu muerte…»

A partir de entonces comprendió que ya jamás se iría, e igual se quedaba escondido en su cerebro durante uno o dos días para emerger a la superficie cuando menos lo esperara. Vete tú a saber por qué llegó al convencimiento de que, por su propia supervivencia, la frase no tenía que completarse, pues en caso de que así fuera, él moriría coincidiendo con la última palabra. Y de ahí el despertador. Para no dejarle al maldito pensamiento ni una sola grieta a través de la cual pudiera filtrarse.

Livia, que había ido a pasar tres días en Marinella, señaló con el dedo la mesita de noche mientras deshacía la maleta y preguntó:

– ¿Qué hace ahí ese despertador?

Él le soltó una trola.

– Pues mira, es que hace una semana tuve que levantarme muy temprano y…

– Y después de una semana, ¿el despertador todavía está ahí?

Cuando quería, Livia era peor que Sherlock Colmes. Un tanto avergonzado, le dijo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Livia se puso como una furia.

– Pero ¡tú estás loco!

Y quitó de la vista el despertador guardándolo en un cajón del armario.

A la mañana siguiente, en lugar del despertador, fue Livia quien despertó a Montalbano. Y fue un despertar delicioso, con pensamientos de vida y no de muerte. Sin embargo, en cuanto Livia se fue, el despertador volvió a la mesita de noche.



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