
– No… no sabía que habías vuelto al rancho -dijo ruborizándose.
Una sonrisa iluminó el rostro de Travis. Enjugándose el sudor de la frente, estiró los doloridos músculos de la espalda.
– El hijo pródigo ha vuelto, por así decirlo.
– Por así decirlo -murmuró ella con un nudo en la garganta, mientras contemplaba sus ojos gris acero. Los mismos ojos que había visto durante la mayor parte de su vida. Sólo que ahora parecían increíblemente eróticos, a la vez que aquellos músculos duros y nervudos añadían a su intensa masculinidad una especie de sensualidad viril que no había advertido antes. Para ella siempre había sido Travis, prácticamente un hermano.
– Creía que tenías trabajo en Los Ángeles.
– Y lo tengo -él se apoyó en el poste, sonriendo con expresión cínica-. Pero me entraron ganas de pasar el resto del verano en el rancho antes de volver a ese mundo de traje y corbata y martinis a mediodía.
– Así que… ¿te quedas? -ella se preguntó por qué el corazón la latía tan rápido.
– Hasta septiembre -él se volvió hacia el rancho y paseó la mirada por los edificios encalados que salpicaban las hectáreas de pasto, con las oscuras colinas como telón de fondo-. Pero creo que echaré de menos este lugar.
– Y nosotros te echaremos de menos a ti -repuso Savannah con voz ronca.
Travis alzó la cabeza y se quedó mirándola.
– Lo dudo. Al fin y al cabo, tampoco he pasado tanto tiempo aquí.
– Normal. Tenías que irte para estudiar para político.
– Abogado -la corrigió él.
Savannah se encogió de hombros.
– No es eso lo que yo he oído. Papá ya te está planificando un futuro en el mundo de la política -ladeó la cabeza, sonriendo-. ¿Sabes? No me sorprendería que llegaras a senador o algo parecido.
– ¡Eso ni lo sueñes! -Travis soltó una hueca, amarga carcajada. La mirada de sus ojos grises se tornó fría-. Tu viejo siempre está planeando cosas para mí, Savannah. Pero esta vez ha ido demasiado lejos -se agachó para recoger una botella de cerveza escondida entre la hierba.
