
– Pero tu padre…
– Era senador por Colorado y ahora resulta que, según la prensa, el viejo no era tan inocente como creían sus votantes -frunció el ceño, maldijo entre dientes y golpeó el poste con la punta de la bota-. Pero eso tú ya lo sabías -alzó la botella y bebió un largo trago antes de dejarla en su sitio. Maldiciendo entre dientes, se pasó una mano por el pelo con gesto frustrado-. Últimamente, eso de desenterrar cadáveres de políticos se ha convertido en un pasatiempo muy popular, ¿no te parece?
Savannah no supo qué decir, así que desvió la vista e intentó no fijarse en los reflejos que el sol de la tarde arrancaba al pelo castaño de Travis. Ni en la tensión de los abdominales de éste mientras se inclinaba para echar otra palada de tierra alrededor del poste.
– De cualquier forma, no tengo por qué preocuparme por eso. Lo hecho, hecho está y no tiene arreglo, ¿verdad?
– Verdad.
Travis volvió a alzar la mirada hacia ella y Savannah, a su vez, no pudo evitar fijarla en su boca. Vio que sus labios se curvaban ligeramente al advertir la intensidad de su expresión.
– ¿Todavía sigues con ese chico, David no sé qué?
– David Crandall. Ya no.
– ¿Por qué?
Savannah se encogió de hombros, y se movió incómoda en la silla de montar. Por primera vez desde que tenía memoria, no le gustó que Travis curioseara en su vida privada.
– No lo sé. No funcionó y ya está.
Vio que él apretaba la mandíbula.
– ¿Quieres hablar de ello?
– La verdad es que no.
– Antes solías contarme todo lo que te pasaba por la cabeza.
– Sí, pero entonces era una cría.
– ¿Y ahora? -la miró de arriba abajo.
– Ahora tengo diecisiete años -se echó hacia atrás la melena negra y se irguió en su silla, sacando pecho.
– Oh, ya veo -Travis frunció el ceño-. Ya eres muy mayor…
