– Pero es que lo quiero tanto… -admitió.

– Y él está a punto de casarse. No puedes hacer nada para evitarlo. Ya no.

– Claro que sí -replicó, llorando-. Pienso olvidarme de él. Jamás volveré a dirigirle la palabra. Y… jamás volveré a enamorarme de ningún hombre.

Virginia también se había emocionado. Le sonrió a través de un velo de lágrimas.

– No seas tan dura, ya encontrarás alguno que merezca la pena. David Crandall te quiere.

– Mamá… -Savannah puso los ojos en blanco-. David sólo es un… amigo.

– ¿Y Travis era algo más?

– Sí.

– Ah -la respuesta pareció sorprenderla. Y preocuparla también.

– No te avergüences de mí, por favor.

– ¿Todavía lo quieres? -preguntó su madre, suspirando.

– Ya no -cerró los puños, decidida-. Ya no, y nunca más.

Travis pronto se convertiría en el marido de Melinda, así que ya no podía importarle menos.

Lo que no se imaginaba era que nueve años después todavía estaría intentando convencerse de que no le importaba en absoluto.

Uno

Rancho Beaumont. Invierno. Nueve años más tarde.

Savannah no se arrepentía de haber regresado al rancho. No se había dado cuenta hasta entonces de lo mucho que echaba de menos aquellas neblinosas y rojizas colinas, aquellas praderas verdes salpicadas de caballos.

El bullicio de la ciudad había resultado una experiencia excitante mientras estudiaba en la universidad, y también durante algunos años después, cuando trabajaba para una empresa de inversiones de San Francisco. Pero se alegraba de volver al rancho de ganado aunque eso significara tener que soportar a su cuñado, Wade Benson.

Durante los últimos años, Wade había ido renunciando a buena parte del trabajo de su gestoría para administrar el rancho. En realidad, se estaba preparando para ocupar el puesto de Reginald cuando éste decidiera retirarse. Lo cual podría ocurrir más temprano que tarde, pensó Savannah, entristecida, teniendo en cuenta la pésima salud de Virginia.



20 из 179