– ¿No quería Travis… hablar conmigo? -balbuceó Savannah.

– No creo. No me dijo nada. ¿A ti te dijo algo, cariño?

– No -respondió Virginia. Al ver la expresión dolida de su hija, esbozó una sonrisa amable-. Es normal, estaría pensando en los planes de la boda y todo eso. Ya lo verás entonces.

Savannah se sintió traicionada, pero decidió no creerse nada… No hasta que lo hubiera escuchado de labios del propio Travis.

El problema fue que Travis no volvió a llamar ni regresó al rancho. Y se casó con Melinda Reeves dos semanas después de haber hecho el amor con ella en el estanque.

«Nunca volveré a dirigirle la palabra», se prometió, furiosa, la mañana de la boda. Para decepción de su madre, se negó a asistir a la ceremonia.

– No puedo, mamá -admitió cuando Virginia le pidió una explicación-. Simplemente, no puedo.

– ¿Por qué no? -le preguntó su madre, sentada en el borde de la cama, mirando a su hija pequeña con expresión preocupada.

Savannah se había acercado a la ventana y fingía contemplar el paisaje.

– Travis… Travis y yo hemos tenido un… desacuerdo.

– Eso es normal entre hermanos…

– ¡No es mi hermano!

– Ah, entiendo… -Virginia arqueó una ceja.

– Pues no sé cómo puedes entenderlo -repuso Savannah. Se sentía desgarrada por dentro. Nadie podía comprenderla, y mucho menos su madre. ¿Por qué no la dejaba en paz todo el mundo de una vez?

Pero las siguientes palabras de Virginia la dejaron paralizada de estupor:

– Siempre es duro enamorarse del hombre equivocado.

– ¿Qué? ¿Cómo…?

– ¿Que cómo lo sé? Lo sé y basta -esbozó una sonrisa triste-. Yo también he sido joven y…, bueno, he cometido unos cuantos errores.

– ¿Con papá?

Virginia evitó la mirada de su hija.

– Sí, cariño. Con tu padre.

Había algo enigmático en su voz, pero Savannah no podía pensar en ello. Ni en nada más, por cierto… ¡Melinda Reeves iba a convertirse en la mujer de Travis McCord! Tenía la sensación de que todo su mundo se estaba desmoronando.



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