
– ¡Derrotarlo! -exclamó Pitt con amargura-. ¡La reina le concedió el título de sir, y el Círculo Interior sigue teniendo suficiente poder para decidir quién debe ser superintendente de Bow Street y quién no!
Cornwallis torció el gesto; los huesos de su rostro se marcaron bajo la piel tirante.
– Lo sé. Pero si usted no le hubiera derrotado, Inglaterra sería ahora una república sumida en el caos, tal vez hasta hubiera estallado una guerra civil, y Voisey sería su primer presidente. Eso es lo que querían. Usted le derrotó, Pitt, no lo dude nunca… ni tampoco lo olvide. El no lo hará.
Los hombros de Pitt se desplomaron. Se sentía hundido y cansado. ¿Cómo iba a decírselo a Charlotte? Se pondría furiosa y se sentiría indignada ante la injusticia que habían cometido con él. Querría luchar, pero no había nada que hacer. Él lo sabía; solo discutía con Cornwallis porque todavía le duraba el shock, la cólera ante toda aquella sinrazón. Había creído que al menos su cargo estaría a salvo después de que la reina hubiera reconocido su valor.
– Le corresponden unas vacaciones -dijo Cornwallis-. Tómeselas. Yo… siento haber tenido que decírselo antes.
Pitt no sabía qué decir. No se sentía con ánimos de mostrarse cortés.
– Vaya a algún lugar bonito, fuera de Londres -continuó Cornwallis-. Al campo… o al mar.
– Sí… Supongo que lo haré. -Sería más fácil para Charlotte, para los niños. Ella seguiría dolida, pero al menos podrían pasar tiempo juntos. Habían transcurrido años desde la última vez que se habían tomado unos pocos días libres, y se habían dedicado a pasear por bosques o campos, a hacer picnics y a contemplar el cielo.
* * * * *
Charlotte se sintió horrorizada, pero después del primer estallido disimuló, en buena parte quizá por los niños. Jemima, de diez años y medio, se percataba enseguida de cualquier emoción, y Daniel, dos años menor, no le iba a la zaga. Charlotte se centró en la oportunidad de tomarse unas vacaciones y empezó a planear cuándo deberían partir y a calcular cuánto dinero se podrían permitir gastar.
