
Al cabo de unos días, todo estuvo arreglado. Se llevarían con ellos al hijo de su hermana Emily; tenía la misma edad que Daniel y le encantaba escapar de la formalidad de las aulas y las responsabilidades que estaba aprendiendo como heredero de su padre. El primer marido de Emily había sido lord Ashworth, y a su muerte había dejado el título y la mayor parte de la herencia a su único hijo, Edward.
Se alojarían en una casa de campo en el pequeño pueblo de Harford, cerca de Dartmoor, durante dos semanas y media. Cuando regresaran, las elecciones generales habrían terminado y Pitt podría volver a personarse ante Narraway en la Brigada Especial, el nuevo cuerpo creado en buena medida para combatir a los terroristas fenianos, así como la conflictiva cuestión del autogobierno irlandés por la que Gladstone volvía a luchar, con tan pocas esperanzas de éxito como siempre.
– No sé cuánta ropa llevar para los niños -dijo Charlotte a modo de pregunta-. Me gustaría saber si se van a ensuciar mucho…
Ella y Pitt estaban en el dormitorio acabando de hacer las maletas, antes de tomar el tren del mediodía hacia el sudoeste.
– Espero que sí -respondió Pitt sonriendo-. No es saludable que los críos no se ensucien… al menos un niño.
– ¡Entonces me ayudarás con la colada! -replicó ella al instante-. Te enseñaré a utilizar la plancha de hierro. Verás qué fácil… Solo pesa una tonelada y es aburrido a más no poder.
Él estaba a punto de responder cuando la criada, Gracie, habló desde el umbral.
– Ha venido un cochero con un recado para usted, señor Pitt -dijo-. Me ha dado esto. -Le tendió una hoja de papel doblada.
Él la cogió y la desdobló.
«Pitt, necesito verle inmediatamente. Venga con el portador de este mensaje. Narraway.»
