
El resultado era realmente excepcional. Se sentía preparada para habérselas con cualquier mujer que estuviera en la estancia, hasta con su mejor amiga en esos momentos: la deslumbrante y extraordinariamente elegante Rose Serracold. Le agradaba muchísimo Rose; había simpatizado con ella desde el día que se habían conocido, y esperaba sinceramente que su marido, Aubrey, ganara su escaño en el Parlamento, pero no tenía ninguna intención de que la eclipsara nadie. El escaño de Jack era muy seguro. Había servido con distinción y había hecho varios amigos valiosos en el poder que no dudarían en apoyarle ahora, pero no debía darse nada por sentado. El poder político era una querida muy caprichosa a la que se debía cortejar siempre que se podía.
El coche se detuvo fuera de la magnífica casa de Park Lane, y Emily y Jack se apearon. Los recibió un lacayo en la puerta y cruzaron el vestíbulo, donde fueron anunciados. Emily entró en el salón del brazo de Jack con la cabeza alta y un aire de confianza. Los saludaron los anfitriones a las nueve menos cuarto, quince minutos después de la hora indicada en la invitación, que habían recibido oportunamente hacía cinco semanas. Habían calculado a la perfección. La puntualidad revelaba una vulgar impaciencia, mientras que era una grosería llegar tarde. Y como la cena se anunciaba unos veinte minutos después de que llegara el primer invitado, si uno llegaba mucho más tarde se exponía a que le hicieran pasar al salón cuando los demás entraban ya en el comedor.
